No es el dinero, lo más importante es la confianza

La confianza entre las partes es, se reconozca esto o no, uno de los elementos fundamentales que estimula a los inversionistas a tomar riesgos en un país o en otro.

07 de Noviembre de 2018

Suelo de cuando en cuando repetir lo que es ya —desde hace años— un conocido lugar común: el papel que juega la confianza de los inversionistas en el crecimiento de toda economía. Aquí, como seguramente advirtió usted, no hago distingo alguno entre inversionistas locales y los extranjeros; la razón de ello es simple y por lo tanto, fácil de entender porque, en la globalidad y las economías abiertas, pocas son las barreras que quedan en el mundo actual al flujo de capitales entre un país y otro.

Para que ese flujo se dé en las mejores condiciones, es necesario que haya, entre las partes involucradas, una gran dosis de confianza. De los inversionistas frente a los gobernantes y su gobierno, así como frente a las instituciones que conforman el Estado, la confianza de que obrarán siempre conforme a derecho; también, parte importante, que las reglamentaciones bajo las cuales el inversionista decidió invertir en éste o aquel país, se mantendrán en el tiempo y los contenidos de los contratos serán respetados de manera íntegra.

De parte del gobierno y sus funcionarios —al margen del orden del que se trate—, también deberán tener confianza en que los inversionistas que están estudiando las condiciones para invertir en el país que gobiernan, son personas respetables las cuales, en todo momento, se conducirán dentro de los límites que las leyes imponen.

Lo dicho en los párrafos anteriores no es, para quienes están familiarizados —así fuere de manera superficial— con el mundo de los negocios en los tiempos que corren, que la confianza entre las partes es, se reconozca esto o no, uno de los elementos fundamentales que estimula a los inversionistas a tomar riesgos en un país o en otro.

Citar ejemplos ampliamente conocidos hoy en América Latina sería, si no aburrido sí redundante dada la abundancia de noticias en torno a tres o cuatro países desde hace varios años. ¿Tendría sentido hoy, preguntarle a un inversionista si estaría dispuesto a tomar riesgos en Venezuela, Nicaragua, Bolivia o Cuba por ejemplo?

Es más, ante lo visto en días recientes en México, ¿habría quién invierta recursos en este país, con la misma confianza que tenía hace seis meses? Es más, dejemos de lado lo sucedido con el Nuevo Aeropuerto y preguntemos: ¿Por qué, a pesar de la apertura de la economía el año de 1987, prácticamente ningún inversionista, al margen de su origen, ha invertido en el espacio económico que es el Campo Mexicano? ¿Se ha preguntado por qué no se ha dado esa inversión? ¿Y por qué sí se ha dado en Brasil y Perú, por ejemplo?

Cuando en un país —independientemente de su régimen político—, tanto el gobierno como el gobernante y sus funcionarios son incapaces de generar la confianza que los inversionistas exigen, aquél se convierte casi en un paria, en un destino para la inversión que debe evitarse. Evitarse, particularmente cuando hay en el planeta decenas de países dispuestos, tanto su gobierno como el gobernante y sus funcionarios, a dar sin reticencia alguna esa confianza que estimula al inversionista.

Hoy, dado lo que hemos visto estas últimas semanas y si usted fuere un inversionista a la búsqueda de destinos para sus proyectos, ¿qué podría decir acerca de la confianza en México como destino para su inversión, dada la conducta y decisiones tomadas por quien en unos cuantos días será Presidente constitucional?

Sin conocer su respuesta, yo haría lo mismo: mantengo en stand by todo proyecto, o busco otro país.

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