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El cine aventurero y feliz del maestro Raoul Walsh

Me cuesta mucho decir que una película no es de “aventuras”. Realmente: todas las películas son una aventura hacia lo desconocido, o debería serlo. Lo es Capitán América, lo es Robin Hood. Lo es cualquier western y lo es Cuando Harry conoció a Sally… También El sabor de la cereza y también lo es Diez Cielos, esa película con diez planos fijos del cielo, cada uno de once minutos, realizada por el gran experimentalista James Benning. Ver lo que no se puede ver, vivir lo que el mundo no nos deja, de eso -en parte- se trata el asunto. Pero cuando los especialistas hablan de “cine de aventuras” se refieren a que el movimiento por mundos desconocidos se manifiesta en experiencia física que nos genera ideas (metafísicas, así son las cosas) sobre el propio universo en el que vivimos.

Si seguimos esa definición, el verdadero cine de aventuras es invención de Hollywood. Hay motivos: el cine estadounidense nace también de la transcripción de la experiencia en movimiento, en el dinamismo posterior a la conquista del Oeste, que fue una de las grandes aventuras -y desventuras- de la modernidad. Ese espíritu de conquista es el que se trasladó al cine ya desde Griffith aparece en todas partes, incluso en el cine cómico: ¿qué otra cosa representan las acrobacias de Harold Lloyd o Buster Keaton, sin ir más lejos? Pero la verdadera aventura requiere también el viaje, sea el del protagonista del filme a una tierra incógnita, sea el del espectador a otra época donde cualquier peligro es posible.

Aunque no se los recuerde con tanta frecuencia, hay directores que inventaron el cine de aventuras tal como lo conocemos. Entre los primeros y mejores figura ese genio llamado Raoul Walsh. Lo más llamativo de sus películas es que son mejores que las de hoy. Mucho mejores, de hecho, porque aunque se basen en el movimiento espectacular, nunca descuidan a sus personajes, sus motivos, sus emociones. Pasa algo más: incluso las que realizaron en el período mudo parecen más modernas y vertiginosas que, por ejemplo, cualquier película de superhéroes de hoy. Y lo dice alguien que disfruta el cine de superhéroes.

Walsh hizo algo así como 150 películas. Entre las más increíbles del período mudo se encuentra El ladrón de Bagdad (ay, Aladdin, cuánto le robaste…) protagonizada por el primer genio de la aventura acrobática del cine, Douglas Fairbanks. El protagonista es un muchacho pobre, canchero y atlético que encuentra el medio mágico de conquistar el amor y un reino (ay, Aladdin, etcétera). Pero lo cautivante de este filme que tiene muchos efectos especiales es cómo Walsh se alía con Faribanks para que la cámara capte saltos, trepadas, persecuciones y fantasías físicas sin dobles (más una buena cantidad de efectos especiales aún efectivos en tiempos digitales). La alegría en estado puro.

El mundo en sus manos: mares, princesas y cacería de focas

Quizás, después de ver algunas películas del realizador, sorprenda esto: Walsh era muy lector. Muchísimo. Y esas lecturas le permitían crear mundos absolutamente consistentes en el cine. Para saltar de época porque sí y demostrar lo dicho, prueben de ver la genial El mundo en sus manos, donde Gregory Peck es un cazador de focas que logra arrebatarle Alaska a los rusos, salvar a una princesa, escapar milagrosamente de una trampa mortal (varias veces), romper corazones y conquistar, además, a otra foca que es su amiga (en un alarde de humanidad, los cazadores solo matan focas viejas). Además compite con Anthony Quinn (un personaje hermoso) toda la película por focas, islas y princesas. Y todo está basado en hechos reales que la mirada de Walsh transforma en cuento para todo público. Lo interesante es que la fantasía no es para “alivianar” los hechos sino para que luzcan y se entienda qué es lo que realmente se juega detrás de ellos. Por otro lado, la manera como el director usa los planos generales para las secuencias de acción en combinación con los detalles crea un vértigo y una claridad que hoy casi no se ve en ninguna película.

De hecho, esa manera de transformar la historia en fantasía y la fantasía en movimiento logra pequeños milagros como Murieron con las botas puestas, que es la historia del General Custer hasta su desastrosa muerte en Little Big Horn contra los indios de Toro Sentado y Caballo Loco. Quizás lo sepan: Custer era un sinvergüenza pedante que no dudó en mandar al muere a sus hombres por una condecoración (y los indios tenían razón, además). Pero a Walsh no le importa, tampoco le importa “lavar” a Custer. Lo que le importa es la determinación de los dos bandos en resolver a pura épica un asunto. Es eso, ni más ni menos: la aventura de ir hasta el final y bancarse las consecuencias, sin perder la sonrisa nunca.

También pasa eso en otras dos de sus obras maestras. En Objetivo: Birmania, cuenta cómo en plena Segunda Guerra, un grupo de soldados es lanzado en paracaídas tras líneas japonesas con el objetivo de destruir un radar. La selva y los enemigos son todo adversidad y no importa la cuestión “ideológica”, sino la lucha del hombre contra el peligro desconocido. El suspenso y la acción que destilan las diferentes secuencias (un movimiento que parece de cine mudo, de avance y retroceso que es pura inteligencia del músculo) no se encuentran hoy en ninguna parte. Y El caballero audaz es otra historia de la vida real transformada en fantasía: aquí la de un boxeador que “inventa” una nueva manera de pelear cuando empieza el siglo XX y se lanza a la conquista del deporte. En estas últimas tres películas, Walsh tenía a un verdadero atleta actor, Errol Flynn, que siempre impuso electricidad a sus películas, eterno Robin Hood.

En todo caso, el cine de Raoul Walsh, el verdadero padre de la aventura, se asume como pura fantasía. Pero no es la fuerza o el “poder” el que vence en las batallas de sus héroes, sino la inteligencia para saber cómo y dónde va la trompada. El movimiento y la acción y la sonrisa son, aquí, ejercicios intelectuales. Pruebe pero le advertimos: se vuelve vicio.

Objetivo: Birmania, la guerra por la pura supervivencia

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