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Hasta el rey de Inglaterra sueña con París | Opinión | Cadena SER

En los días tontos, todos soñamos con París, pero al escritor Horace Walpole la capital francesa no pareció impresionarle mucho: la vio como un amontonamiento de “casas sucias, calles feas, tiendas aún peores e iglesias llenas de cuadros malos”. Son cosas de británicos al salir de su isla. Si a Victoria Beckham le parecía que Madrid olía a ajo, a William Hazlitt le decepciona Roma: el perfume del ajo, escribe, prevalece sobre el perfume de la antigüedad.

A comienzos del XIX, dos ingleses desembarcan en el norte de Francia y tiene lugar el siguiente diálogo: “¡Qué horrible olor!”, se queja el más joven; “Es el olor del continente”, aclara el más viejo. En fin, no es de extrañar que en Inglaterra, hace solo unos años, se convirtiera en bestseller un libro titulado Mil años incordiando a los franceses.

Pero por suerte no todo han sido incordios, sino que también ha habido “ententes cordiales”, vuelos del Concorde y trenes que atraviesan el Canal de la Mancha. En tiempos de Brexit, es una buena noticia esa sutura de normalidad en las relaciones que implica la visita de Estado de Carlos de Inglaterra a Francia. Sirva para recordarnos que las diferencias no son nunca inconciliables y que si Wellington y Napoleón guerrearon, Churchill y De Gaulle iban a luchar codo con codo.

Hace más de un siglo, otra visita oficial a Francia, la de Eduardo VII, empezó con abucheos a las funciones de Shakespeare y terminó entre vivas al rey. Y estos días, al ver a Macron con Carlos III, comprendemos que, todavía hoy, más allá del día a día, más allá de la ira y del camión de la basura que es Twitter, sigue habiendo un espacio posible para la grandeza en la política.

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