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Migrantes pobres, intermediarios ricos: el negocio de las remesas en África

A finales de marzo, nadie hablaba de otra cosa en Kolikunda. Los habitantes de este pequeño pueblo en el interior de Gambia estaban construyendo una carretera que daba trabajo a prácticamente todos los habitantes del lugar. La infraestructura se había convertido en la fuente de riqueza de los sitios por los que pasaba, antaño caminos farragosos de arena, con piedras y desniveles que dificultaban el transporte. Antes de Kolikunda, fueron los habitantes de otros sitios los que la construían, hasta que el trabajo quedaba demasiado lejos y desplazarse muchos kilómetros dejaba de ser rentable.

Mulie Baldeh era encargado y cobraba 250 dalasi por día trabajado (poco más de 4 euros), un salario superior al del resto de sus compañeros. Las condiciones eran duras, pero preferibles a las ocupaciones que anteriormente tenían: vender burros, perros o cortar árboles para comercializar la madera con empresarios chinos. A las seis de la mañana, decenas de hombres iban a la carretera que les estaba cambiando la vida a hacer jornadas de doce horas.

Muchas casas del pueblo dependían de la ayuda mensual de un familiar para sobrevivir, hecho que creaba una brecha respecto a los que no tenían a ningún familiar trabajando en Europa o Estados Unidos; desde el inicio de las obras, incluso aquellos que no tenían acceso a las remesas pudieron empezar a construirse una casa. El sueño duró hasta la llegada del coronavirus que paralizó las obras. Los ingresos regulares desaparecieron, y la dependencia de las remesas volvió a quedar clara: los hijos de Kolikunda repartidos por España, Qatar, Estados Unidos, el Reino Unido e Italia son, una vez más, la esperanza de los habitantes del pueblo.

Uma Jawo es una de esas personas. Jawo  tiene 22 años y vive en Catalunya junto a su madre y otros familiares; ha trabajado en hostelería, en fábricas y en la construcción, y considera que las remesas recibidas durante años son lo que ha permitido grandes cambios: “Han pasado de comer solamente lo que cultivaban a poder comprar sacos de arroz y aceite. Alimentación, ropa, zapatos, el pago de la escuela y la vivienda: la vida allí es lo que es gracias a las remesas”. 

Algunas familias viven en casas de paja y barro, más conocidas como “sudo huro”; dependiendo de la cantidad de familiares que tengan en el exterior, el paso de los años les permite aspirar a construcciones más sólidas. “En cada casa hay como mínimo 15 personas, y la cifra puede llegar a los 35”, comenta Jawo, actualmente en paro. La joven confiesa que la situación actual genera mucha presión hacia los inmigrantes: “Lo que yo mando sirve para ayudar a la familia de mi prima a comprar arroz; se les ha acabado y la situación no cambiará hasta que no pueda enviarles algo. La gente depende completamente de lo que tú envías, y ellos no pueden evitar comentarte que tienes que conseguir un trabajo ya”. Los tractores, la electricidad y otras herramientas que facilitan el trabajo en el campo también dependen de los envíos.

En el interior de Gambia, empresas chinas construyen puentes y carreteras
Jaume Portell Caño

El negocio de la pobreza

En 2018, 529.000 millones de dólares llegaron a países en vías de desarrollo, pero quien más ganó con estas transferencias no se parece en nada a Jawo ni a sus familiares de Kolikunda. En 2015, The Economist reveló que el 80% del negocio de un empresario turco se basa en los migrantes de países de renta baja: su nombre es Hikmet Ersek y en 2019 ganó más de 10 millones de dólares como CEO de la empresa Western Union.

El funcionamiento de la empresa es sencillo: gracias a una red muy amplia, cualquier persona desde cualquier punto del mundo puede enviar dinero a un familiar o amigo a cambio de una comisión por el servicio. La marca de Western Union está presente en todo el continente, desde las grandes ciudades en la costa hasta las zonas más remotas de África.

Según el Banco Mundial, el envío de remesas a África tiene el coste más alto del mundo, con una media superior al 8% por transferencia. Fuentes de remesas.org consultadas por este diario consideran que varios factores influyen sobre esta realidad: “Son más caras porque están sometidas a impuestos —por parte de los gobiernos locales— y porque las empresas utilizan mecanismos que inhiben la competencia y generan monopolios artificiales e ilegítimos, que suponen un coste mucho mayor para el consumidor”. En África, dos compañías estadounidenses se reparten dos tercios del mercado: Western Union y MoneyGram.

Desde remesas.org consideran que las remesas se han convertido en una fuente de ingresos fáciles para gobiernos y empresas, en connivencia con los bancos locales. Las escasas licencias bancarias concedidas en muchos países africanos facilitan la captura de los mercados, y Western Union y MoneyGram aprovechan esta circunstancia para firmar cláusulas de exclusividad: cualquier cliente que quiera enviar o recibir dinero deberá pasar por una de las dos compañías. “Como banquero pones a su disposición tu red a unos precios disparatados, porque tú te llevas un porcentaje. Te interesa que los precios sean caros porque tú te remuneras más”, añaden desde el colectivo.

Las cláusulas de exclusividad crean monopolios ficticios, que disparan las comisiones hasta el 15 o el 20%, por encima de la cifra del 8% de las cifras oficiales. La fuente de esta web dedicada a las remesas considera que el modelo del Banco Mundial tiene poco que ver con la realidad, al analizar el dinero enviado como una cantidad fija, cuando en realidad las remesas raramente son de la misma cantidad.

quién paga

Gambia es el país más pequeño de África, y vive una situación particular muy perjudicial para los migrantes y sus familiares. Al margen de las comisiones que se quedan las compañías intermediarias, el banco central del país utiliza un tipo de cambio muy perjudicial para los gambianos con el objetivo de conseguir ingresos.

En octubre de 2019, Jawo envió 250 euros a un familiar a través de Moneygram. La comisión de 6 euros aplicada por la compañía hizo que la cifra final enviada fuera de 244. El día que envió su dinero, un euro era equivalente a 56,5 dalasis, la moneda gambiana. A su familiar le deberían haber llegado 13.786 dalasis, pero finalmente tuvo que conformarse con 12.281. El tipo de cambio aplicado significó que su familiar recibió 50,3 dalasis por cada euro.

La cifra de 6 dalasis por euro puede parecer poco significativa, pero cuanto mayor sea la cifra de euros enviada mayores serán las pérdidas para el receptor. Ese día, Jawo y su familiar perdieron 6 euros por las comisiones y 26 euros por el tipo de cambio. De los 250 euros enviados, 32 se perdieron por el camino, casi un 13% de la cifra inicial. Comparaciones odiosas: 32 euros, al tipo de cambio actual, son lo que Mulie Baldeh ganaría en una semana trabajando doce horas al día construyendo una carretera.

En 2014, un informe del Overseas Development Institute, un think tank británico, mostró que los sobrecostes de las remesas vinculados al control de mercado de Western Union y MoneyGram dejaban al continente sin 586 millones de dólares extra al año. Y consideraban que un descenso de las comisiones permitiría que los envíos de dinero aumentaran en 1.800 millones de dólares. O lo que es lo mismo: el coste de la educación primaria de 14 millones de personas, una mejora de la sanidad para 8 millones, o agua limpia para 21 millones.

El peso de las remesas en el PIB está alrededor del 10% en varios países africanos: en Zimbabwe (13,5%), Senegal (10,5%), Liberia (9,4%), Gambia (15,5%) y Lesotho (21,3%), miles de personas pasan cada mes por las oficinas de Western Union o MoneyGram para cobrar la mayor parte de sus ingresos. En Nigeria, la economía más grande de África, las remesas significan casi 24.000 millones de dólares al año.

Las remesas, además, tienen otra ventaja para los rentistas que se benefician de ellas: son constantes y, con el paso de los años, van al alza. La ayuda al desarrollo baila según los presupuestos de los países donantes, los capitales financieros se mueven según la coyuntura internacional, al igual que la Inversión Directa Extranjera; pero los familiares nunca dejarán de mandar dinero a sus seres queridos. En 1990, las remesas estaban en el último lugar de la clasificación; en 2019, el FMI las situaba por encima estas otras tres fuentes de ingresos. Ahora mismo, la mayor ayuda internacional para los africanos son las pequeñas cantidades que, de forma regular, sus propios familiares les envían desde los países ricos.

La oposición

Gigantes como Rusia e India han tomado posiciones similares con resultados bastante eficaces. Un informe explica cómo en 2001 una empresa rusa de envíos de dinero, tras su éxito inicial, vio cómo una serie de bancos cancelaban sus acuerdos de colaboración aludiendo a un contrato de exclusividad que habían firmado con Western Union. La situación acabó en una protesta ante el ministerio ruso encargado de regular la competencia, que dio la razón a la empresa rusa. Western Union apeló ante un tribunal ruso, pero perdió y tuvo que pagar los gastos del juicio. Rusia es, desde entonces, el país del G20 con las comisiones más bajas, con un coste medio inferior al 2%.

En África, países como Nigeria y Etiopía han declarado ilegales las cláusulas de exclusividad; Senegal ha aprobado medidas para combatir la situación, aunque en Camerún o Gabón estos acuerdos siguen en vigor. En la documentación que manda anualmente a la SEC, la agencia de control financiero de Estados Unidos, Western Union considera que estos cambios legales podrían perjudicarles, hasta el punto que podría “afectar de forma adversa a nuestro negocio, a nuestras condiciones financieras y a los resultados de nuestras operaciones”.

Más allá de los 25 millones de dólares que ganó su equipo directivo en 2019, Western Union entregó 880 millones de dólares a sus accionistas entre dividendos y recompras de acciones. El CEO, Hikmet Ersek, anuncia en su nota a los inversores que el dividendo del último trimestre del año aumentó en un 13%. Los seis grandes accionistas son fondos de inversión ubicados en Estados Unidos y el Reino Unido. Entre Blackrock (13%) y Vanguard (12%) copan un cuarto de las acciones de la compañía. Entre los propietarios también se puede encontrar a Goldman Sachs, Credit Suisse, JP Morgan, Wells Fargo o Deutsche Bank.

En MoneyGram, con cifras menos boyantes, están más fondos de inversión —con Blackrock y Vanguard presentes de nuevo— y el banco Morgan Stanley. Más comparaciones: el valor de las acciones de Blackrock y Vanguard en Western Union pesa más que el PIB gambiano. Dicho de otra manera: económicamente hablando, la cuarta parte de una compañía de 11.500 empleados pesa más que un país de más de dos millones de personas.

El futuro

El economista de Guinea-Bissau Carlos Lopes, alto representante de la Unión Africana para las negociaciones con Europa, considera que la única opción para los africanos es unirse: “Este negocio será domesticado reuniendo los intereses de toda África. De la misma manera que podemos acordar una gran área de libre comercio continental, deberíamos ser capaces de redactar un conjunto de principios que luego se apliquen en todo el continente”. 

Más allá de una política coordinada, Lopes considera que ya hay motivos para la esperanza con algunas iniciativas que vive el continente: “La competencia está llegando a través de la expansión de la banca móvil. Una parte importante de las remesas son entre países africanos y la ampliación de las operaciones bancarias transfronterizas en el continente reducirá la necesidad de negocios que solo transfieran dinero”, concluye.

Western Union, pese a estar inmersa en litigios por todo el mundo por sus prácticas monopolísticas, está cerca de su máximo histórico en bolsa. Desde la crisis financiera de 2008, las acciones de MoneyGram se han desplomado. El último intento de reflotarla, en 2017, llegó con la oferta de una empresa china vinculada a Jack Ma, el fundador de Alibaba. AntFinancial, especializada en servicios financieros, hizo una oferta que la compraba a un precio de 18 dólares por acción. La administración Trump bloqueó la operación por motivos de seguridad nacional, y las acciones cayeron de nuevo.

Como en las conferencias de finales del siglo XIX, en los conflictos por el poder hay grandes golpes en las mesas de reparto, pero ninguna silla es para los pueblos africanos. No es necesario justificarse, ni ante ellos ni ante nadie, para extraer rentas de los salarios de miles de basureros, camareras de hotel, agricultores, manteros o mozos de almacén repartidos por el mundo. Ni Xi Jinping, presidente de China, ni Hikmet Ersek, CEO de Western Union, ni Donald Trump, presidente de Estados Unidos, circularán jamás por los caminos polvorientos que llevan a Kolikunda.

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