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Olivia nació en Uruguay con 330 gramos y se convirtió en la bebé más pequeña de la región

El 18 de marzo de 2022 Uruguay latió como cualquier día. El Instituto Uruguayo de Meteorología cesó la alerta amarilla que regía para el noreste, el dólar se situó por encima de los $ 40, Buitres ensayó en la Sala del Museo, el gobierno y la oposición discutieron por la portabilidad numérica. Nada hacía pensar que ese día ocurriría un “milagro científico” (valga la presunta contradicción): en el cuarto piso del Sanatorio Americano, en Montevideo, nació la bebé más pequeña de la historia uruguaya y la de menor peso entre los registros de la región.

A las 16 horas y 50 minutos hora local, la médica maniobró y sacó a Olivia, de solo 330 gramos y 27 semanas de gestación, del útero de su madre. La pequeña, cuya altura era equiparable a la del termómetro con la que se le tomó la fiebre, casi no lloró. Lanzó una especie de maullido, apenas audible, y enseguida entró al silencio y el calor de una incubadora. Era solo el comienzo del desafío a lo viable. En Uruguay jamás había sido dado de alta hospitalaria un bebé con un peso inferior a los 400 y pocos gramos. Casi no lo hubo en el mundo: el récord lo tenía un niño estadounidense que nació con 245 gramos, luego lo superó un alemán de 230, y el año pasado vio la luz Kwek Yu Xuan, en Singapur, que bajó la marca a 212 (lo mismo que una manzana).

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Pero Olivia hizo gala de su nombre, que deriva del “olivo” en latín y en la antigüedad era sinónimo de “la que trae la paz”, y fue dando tranquilidad a los suyos. Pasó 83 días en el CTI, su piel se fue fortaleciendo y construyendo la coraza térmica que requiere la vida, sus pulmones fueron madurando, fue recibiendo la leche materna gotita por gotita a través de un tubo, y creciendo con las conversaciones de Miriam y José, sus padres, que le hablaban del otro lado del plástico de la incubadora. “¡Hola, amor! Ya estás con nosotros”, repetían al unísono. El equipo de médicos y enfermeros también se contagió de esa esperanza. Con la misma delicadeza con la que en las películas maniobran a los jarrones de losa japonesa —y con la diferencia que un bebé no puede sustituirse como un florero—,  los especialistas curaban esa piel frágil, la humectaban y limpiaban las vías.

El jefe del CTI pediátrico del Sanatorio Americano, Enrique Di Lucci, visitó una mañana a la pequeña Olivia. Al costado de la cunita cerrada estaba su padre. Más de 100 días después de aquella visita, el médico recuerda las palabras del padre: “Siempre quise una nena, ahora la tengo y la voy a tener”. Contra todo pronóstico.

El antes

En las imágenes satelitales Paso Bonilla queda camuflada entre la ruta 5 y las plantaciones de eucaliptus. En esa localidad, diez kilómetros al sur de la capital departamental de Tacuarembó, fue gestada la pequeña Olivia. Todo comenzó como un embarazo normal.

Miriam —26 años, ama de casa y madre orgullosa— viajaba con frecuencia hasta la policlínica para hacerse los controles de rutina. Después de que tuvo a Thiago, diez años atrás, perdió dos embarazos y quería aferrarse a que “la tercera sería la vencida”. Pero en la semana 21, cuando fue el momento de la ecografía estructural, escuchó las palabras que no quería escuchar.

Graciela Gadola, la ginecóloga, le informó que la bebé casi no estaba creciendo y que con esas pocas semanas de embarazo “era incompatible con la vida”. ¿Qué hacer?
“Era una decisión difícil, las estadísticas marcaban que casi seguro sería un óbito fetal (feto que se expulsa fallecido), pero, siguiendo el deseo de los padres y tras varios ateneos se apostó por la vida”, cuenta Gadola.

Con pinchazos diarios de heparina, la droga que evita la coagulación sanguínea, fueron estirando las semanas de gestación hasta que la pequeña superó las 27 semanas (el mínimo requerido para que sea viable la vida fuera del útero). Y entonces se hizo —previa coordinación— el traslado desde Tacuarembó a Montevideo en ambulancia.

Un día antes, Thiago, el hermanito que no quería pensar en su futura hermanita porque le “daba miedo”, le puso nombre: Olivia. Así, con calificativo y todo, empezó la cuenta regresiva a la cesárea. El profesor de Neonatología Daniel Borbonet, quien además es jefe de Pediatría en el Americano, reconoció que “la beba nació en el instante justo… unas horas más y puede que no hubiese resistido”.

Pasó 83 días en CTI y ahora toma pecho directo.

Las niñas prematuras extremas sobreviven más que sus pares varones. La ciencia no tiene explicación para eso. Pero sin importar el sexo, Borbonet reconoce que “en los últimos 40 años la humanidad fue corriendo la curva de la viabilidad a límites impensables”.

Tan impensable que Borbonet admite que, poco a poco, es la sociedad la que pone los límites. “Ya existen placentas asistidas fuera del útero, por lo cual no es descabellado pensar en la gestación 100% fuera del cuerpo de la madre… ya no es ciencia ficción”.

¿Vale la pena? Hay tantas respuestas como creencias y variables. Cada día en el CTI pediátrico cuesta, como mínimo, $ 57.000. Para hacer frente a estas contingencias, las instituciones que conforman la Federación de Prestadores Médicos del Interior, que tienen como sanatorio el Americano, crearon en el año 2006 un fondo “destinado a financiar un conjunto de patologías de baja frecuencia y alto costo”, explicó Ariel Bango, presidente del Sanatorio.

Su colega Ofelia López, administradora de servicios de salud, conoce de primera mano estos sacrificios. Pero como pediatra que “hace décadas” trabaja con equipos multidisciplinarios reconoce que, “siempre y cuando haya base científica, hay que apostar a la vida”.

Esa apuesta, admite, requiere de “buenos equipos de médicos y enfermeros”, del “avance tecnológico en la neonatología”, y, sobre todo, “mucho afecto”. En los 83 días en que Olivia estuvo en el CTI, sus padres la acompañaron de cerca. Le hablaban, la mimaban, se asustaban…

“Cuando pasó los 800 gramos, a los dos meses, me la dejaron tener en brazos por primera vez. Tenía tanto miedo que entre el temblequeo se le desenchufó el tubo de oxígeno y la beba se empezó a poner morada. Vino una enfermera, una genia, y me dijo: ‘Tranquilo, padre, toda está bien’”, dice José, mientras rememora aquella bocanada de aire que Olivia dio por primera vez con su boca.

Ese miedo “a perderla”, como dice, todavía persiste. También la incertidumbre de cuáles serán las secuelas que, por ahora, se desconocen. Pero Miriam, la mamá, ya está pensando en cómo será el cumpleaños de un añito, mientras le da pecho directo en una sala de cuidados (ya no intensivos) en Tacuarembó.  Y repite —se repite— “no hay que rendirse”

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