¿Otro Pacto por México?

El sexenio de Enrique Peña Nieto empezó con el Pacto por México, firmado entre las principales fuerzas políticas del país, que consensó reformas estructurales en los sectores energético, educativo, telecomunicaciones, laboral y fiscal. Durante los dos sexenios previos, encabezados por el PAN, tanto el PRI como el PRD se habían opuesto radicalmente a las mismas reformas que logró pactar Peña Nieto, denunciándolas como “regresivas”. ¿Qué cambió? El cambio era que el PRI encabezaba el nuevo gobierno, y el PRD se inclinaba instintivamente a favor de la plataforma priista, contra la panista. Así las cosas, había condiciones para acordar ese Pacto.

La escisión en el PRD y la creación de Morena se justificó, programáticamente, en el rechazo al Pacto por México. Esa organización se creó oponiéndose al modelo implícito en el modelo del Pacto. Se formó como partido repudiando.  Ahora que Morena será gobierno, avala el nuevo Tratado de Libre Comercio de América del Norte, o el Acuerdo Bilateral Estados Unidos-México, cualquiera de los dos que quede finalmente. Ambas propuestas plasman los mismos principios del Pacto por México, ahora avalado por quien ganó las elecciones llamando a votar contra ese proyecto.

El nuevo acuerdo entre Estados Unidos y México contiene perlas trumpianas que cuentan, por tanto, con el apoyo del gobierno federal entrante. Lo primero es el aval implícito dado a la Reforma Energética y a la de Telecomunicaciones. Lo fiscal cae por su propio peso, mientras pueden haber algunos cuestionamientos, pero probablemente no cambios de fondo, a las reformas Laboral y Educativa. En este último caso, ya se ha anunciado que, después de todo, la evaluación a docentes es algo que se mantendrá de la actual ley.

Más preocupante es el reconocimiento, por parte de México, de que la seguridad nacional es un argumento legítimo para que Estados Unidos pueda justificar la aplicación de aranceles, tarifas o cuotas a productos de nuestro país. Legitimar el discurso de la seguridad nacional es una reminiscencia de la Guerra Fría y no debería ser aplicable en las circunstancias económicas actuales. Pero se los permitimos.

Otro tema preocupante es que México abandonó el debate sobre la resolución de controversias comerciales entre los países firmantes vía paneles independientes. Estados Unidos quiere dirimir las cosas en sus cortes, donde goza, obviamente, de la ventaja por prejuicio. Canadá ha sido más radical e insistente en este tema que México.

Por otro lado, México accedió a reglas de origen que benefician principalmente a las armadoras de automotores estadunidenses y en detrimento de las armadoras asiáticas (excepto Toyota) y europeas. En última instancia, este acuerdo puede desalentar y posiblemente inhibir nuevas inversiones en el país. El paso de 62.5% a 75% de partes con origen en América del Norte, aunque sea en cinco años, va a retrasar, si no cancelar, inversiones de otras regiones del mundo.

El gobierno entrante en México anunció que se había defendido la “soberanía nacional” con la nueva redacción sobre los energéticos. En realidad, el concepto, con otra redacción, quedó exactamente como estaba originalmente. Sin embargo, el incidente reveló algo importante acerca del pensamiento de López Obrador y Trump: lo que para uno es “soberanía nacional” para el otro es “seguridad nacional”, entendidos como conceptos intercambiables.

El nuevo acuerdo comercial refrenda el mismo modelo económico para nuestro país que el Pacto por México. Gobiernos diferentes, modelos parecidos.

                Twitter: @rpascoep

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