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Con cierto tipo de cine es inevitable hacerse la pregunta ¿Las películas anticipan la realidad o simplemente la describen? Esta variante del huevo y la gallina —en versión cinéfila— perdura como signo de interrogación después de ver Joker. Para la policía de Los Angeles, que resguardó el estreno en distintos puntos, sucede lo primero; para el documentalista Michael Moore lo segundo: “Tu jubilación ya se acabó hace tiempo. Estás endeudado por los próximos treinta años porque cometiste el crimen de educarte. Has llegado a pensar en no tener hijos porque no tienes suficiente corazón como para traerlos a un planeta que está muriendo y en el que 20 años después de nacer tendrán una sentencia de muerte. ¿La violencia en Joker? ¡Alto, deténganse! La mayoría de la violencia en la película es la que se comete contra el mismo Joker, una persona que necesita ayuda, alguien que trata de sobrevivir en una sociedad codiciosa”.  Y para dar cuenta de temas tan álgidos venía bien un director de comedia como Todd Phillips, conocido mundialmente por la hilarante, The Hangover ¿O no?

Apenas se ha reparado en el hecho que Todd Philliphs no ha sido, siempre, un director de comedia. Basta ver su primer trabajo: el documental Hated, para demostrarlo. Intentar encuadrarlo como director cómico es relegar a “pecado de juventud” su ópera prima; sería como definir la existencia del poeta Rimbaud por sus últimos años como traficante y dejar a un lado su temprana  poesía.

Un buen número de claves para comprender a este peculiar Joker, se muestran condensadas en el documental que grabó Phillips cuando tenía 24 años. Hated narra en un breve espacio de tiempo la existencia vital, los devaneos y la particular filosofía del malogrado cantante de punk GG Allin frente a la sociedad. La genealogía de Arthur Fleck, el Joker,  interpetado por Joaquin Phoenix  comienza ahí, antes que en Taxi Driver o The King of Comedy.  

La cita que sirve de epígrafe a Hated: “GG Allin es un cantante con un mensaje que comunicar a una sociedad enferma. El nos hace ver lo que en realidad somos. El ser humano es sólo un animal más, capaz de hablar libremente para expresarse. No se equivoquen, detrás de lo que GG hace hay un cerebro” dicha por John Wayne Gacy, anticipa con creces la personalidad del futuro Joker.

Las señales en torno a John Wayne Gacy o Pogo  (el payaso asesino que aterrorizó Estados Unidos en la década del 70, condenado a la pena de muerte por abuso sexual infantil) permanecen latentes durante toda la película: desde el nombre del local donde Arthur Fleck actúa: Pogo’s , hasta la máscara que usa el Joker y será replicada por sus seguidores: una variante del rostro maquillado de Gacy, cuando fungía ser el  payaso Pogo.

El baile en las escaleras de Arthur Fleck, con la música de fondo de Gary Glitter, le otorga una atmósfera oscura a la película, si se recuerda que Glitter actualmente purga cadena perpetua por abuso sexual infantil.

Todo esto se comprende nítidamente cuando se nos revela que Arthur Fleck ha sufrido abusos de niño; se explica así la película como una crítica hacia una sociedad enferma —que ha minado el desarrollo de Arthur Fleck y lo ha convertido en un adulto descompuesto— del que no puede hacerse cargo: el hospital psiquiátrico le ha retirado las pastillas, que equilibraban su mente, por falta de presupuesto.

“Cuando tienes una enfermedad mental, las personas esperan que actúes como si no la tuvieras” dirá Fleck, interpretado por Phoenix.

De ese modo el desvarío mental en Joker se revelará constitutivo y tiende sus lazos genealógicos con el Travis Bickle de Taxi Driver y el Rupert Pupkin de El rey de la comedia. Así como ellos Arthur Fleck es un marginado social, un desarraigado. Fleck es un aspirante a cómico que no es gracioso, un payaso triste con un deterioro mental que lo hace objeto constante de burlas. Sólo en las primeras escenas aparece la característica flor roja bordada en la solapa de su saco. Luego, el contacto con la realidad lo hace mudar de prendas. Mientras la boca de Fleck ríe, los ojos lloran. De ahí a su marginación social, por parte de quienes sí están adaptados al sistema hay un solo paso. En la búsqueda por comprender sus orígenes descubrirá el lazo filial que lo une con Thomas Wayne, el millonario de Gotham, que candidatea para alcalde, con miras a reprimir las protestas en la ciudad. Wayne es símbolo de la maquinaria de poder que avasalla sin miramientos. Un entramado en el cual los individuos son un número prescindible en el sistema económico.

En esta Ciudad Gótica donde el individualismo campea, apenas si hay espacio para los afectos; desde las primeras escenas el personaje interpretado por Phoenix imagina una relación parental con Murray Franklin, el presentador de televisión. Su verdadero padre, Thomas Wayne lo rechazará, no sin antes infundirle dudas sobre sus orígenes.  Sin otro tipo de relaciones sociales —aparte del gremio de payasos, donde Fleck es también un marginado— no es difícil imaginar las veleidades del futuro Joker frente a su único refugio y descanso espiritual: el televisor.

El amor es también ilusorio: la vecina Sophie, que parece ser el soporte espiritual de Fleck, es una ilusión, un devaneo de su mente. El futuro Joker ha recreando afectos románticos que no tienen asidero en la realidad. Su soledad lo ha engañado y el breve contacto que mantiene con los hechos nos revela la carencia de vínculos afectivos. El Joker es un demente solitario en una ciudad individualista, la progresión de escenas nos revelará que no es el único que comparte ese sentimiento.

La otra variable del sistema es Murray Franklin, el presentador de televisión, que sintetiza de modo preciso la fantasía de las relaciones sociales y su levedad: la vida como espectáculo lista para el consumo.

El programa de Murray se emparenta con los late nights, especialmente con el show de Letterman: hace gala de una sofisticada ironía que le permite relativizar el dolor y volverlo ligero. Este modo irónico de ser – en- sociedad, es una actitud ante la vida y una defensa. La ironía, que fue movilizada en los 60s como un arma contracultural ha degenerado hasta formar parte de la estructura elemental del sistema; ya no es una herramienta de la contracultura, forma parte de la normalidad: es lo mainstream. Y la normalidad es un entramado de sospechas, donde los sentimientos se ocultan con un halo de ironía: quien expresa de modo sincero sus sentimientos es un tonto. O un loco. Sólo un loco como Fleck llora, se conduele o siente.

Visto desde otro ángulo la escena en el plató de televisión, donde Murray Franklin entrevista a Fleck, es un ejemplo paradigmático de “La Nueva Sinceridad” en televisión, algo a lo que el cómico Stephen Colbert apeló cuando relevó a David Letterman de su espacio televisivo. La nueva sinceridad es el fin de la ironía y de sus trucos, que invisibilizan y denostan cualquier asomo de sentimiento. En el caso de Fleck esta nueva sinceridad o este despojo de la ironía ocasionará que revele su participación en los sucesos que sacuden la ciudad y que invierta los valores irónicos que sustentaban el programa de Murray Franklin, convirtiéndose así en el antihéroe y líder de Gotham. Un líder, que encuadra muy bien con la descripción que hace Eric Fromm, de Lutero en su obra El miedo a la libertad: un  hombre que no sabe a dónde va, pero que es capaz de movilizar masas a donde se dirige.

Con Fleck aupado como líder por las masas, que se revelarán profundamente  identificadas con su performance, recrudece el período de  incertidumbre en Gotham, lo que tiene un correlato verídico en los movimientos suscitados durante este año en los Estados Unidos y en algunas regiones de América Latina. La ficción bebe de la realidad y retorna a ella de buena gana.

Joker es una película, despojada de ironía, sobre el individuo y su sociedad; donde en modos mayores y menores se refleja el modo de vida contemporáneo. La frase “Todos somos payasos” se actualiza constantemente, pues es reflejo del divorcio entre expectativas y realidades en nuestra sociedad. Los organizadores de TED deberían invitar al Joker a dictar una conferencia.  

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