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Irene Vallejo, premio Nacional de Ensayo 2020: «Es importante que los jóvenes conozcan a los clásicos fuera de clase»

Su alegato en defensa de las historias fue un éxito inesperado de alcance mundial. Tras «El infinito en un junco», Irene Vallejo sigue exprimiendo su capacidad para conmovernos con una fábula sobre la muerte y las transformaciones individuales

Ha conseguido lo que solo un puñado de escritores logran: convertir un libro en un fenómeno planetario. Su ensayo de casi 500 páginas, El infinito en un junco (Siruela, 2019) rompió todas las previsiones. Y lo sigue haciendo hoy, sumando más y más traducciones y ediciones. Publicado a las puertas de la pandemia, el encierro al que obligó el coronavirus fue una suerte de reconciliación entre muchos lectores con los libros y aquel título que reivindicaba la permanencia de la palabra escrita tuvo una segunda oportunidad. Es nuestro El mundo de Sofía en una lengua romance.

Los cambios inexorables de la vida, con sus pérdidas y sacudidas, son el poso tras La leyenda de las mareas mansas, la fábula ilustrada por Lina Vila con la que Irene Vallejo Moreu (1979, Zaragoza) regresa a las librerías. La filóloga clásica versiona una leyenda de las Metamorfosis. Ovidio sigue hablando a lectores del presente, a los que les descubre los días alciónicos, la paz en medio de las tempestades. Las mañanas de oleaje en diciembre no serán lo mismo.

Después del fenómeno

Confiesa que ha conocido a lectores en todas las esquinas del mundo, «un privilegio agotador». Con un libro «que también es para jóvenes», hace una pausa en sus giras por El infinito, que pronto veremos en cómic. ¿Su deseo? Sentarse de nuevo a escribir. En mente tiene una historia.

­—La entrevistamos por primera vez en pleno confinamiento. ¿Podía imaginarse la Irene del 2020 todo este fenómeno?

—Lo sucedido en estos cuatro años me parece algo realmente insólito, aún no me explico qué conjunción de circunstancias y de suerte se dieron. Lo creía un libro peculiar y excéntrico, poco alineado con lo que el mercado editorial identifica con un éxito. El apoyo de libreros, bibliotecas, de mi tribu lectora, fue muy importante.

­—Todo esto con un ensayo sobre los orígenes de los libros.

—Antes del 2020, cuando nos decían que los libros se acababan, que era el fin de una etapa e iban a ser sustituidos por pantallas, llegó una emergencia que nos unió más a ellos. Hay algo hermoso en todo este movimiento de librerías a pie de calle, clubes de lectura, ferias… Con El infinito experimenté por primera vez que lo que escribes puede llegar a ayudar a otras personas. Me ha demostrado que la literatura tiene una fuerte dimensión colectiva.

­—Vuelve con una fábula. ¿Muerte y segundas oportunidades son compatibles?

—El obstáculo inicial que me encontré cuando quise publicar esta leyenda hace unos años, en el 2015, en una editorial muy pequeñita y en una edición ya descatalogada, es que muchos editores me decían, «¿un libro infantil o juvenil sobre la muerte? Los adultos no lo van a querer comprar». Después de la pandemia, de todo lo vivido, de las heridas sin cicatrizar y con esta especie de vuelta a la vida anterior, como si nada hubiera sucedido, dejando unos duelos sin elaborar, esta fábula es muy contemporánea. Creo que a través de una historia es más fácil que fluya la conversación y se exterioricen emociones que intentamos cerrar con llave.

—Al comienzo avanza que uno de los protagonistas muere.

—Esta historia no se interrumpe con la muerte. Muchas veces los cuentos acaban con un gran acontecimiento, una boda, una muerte… Este, sin embargo, aborda el después, el qué hacemos con la añoranza, con la tristeza. Los duelos no se pueden atajar. Las Metamorfosis hablan sobre el adiós en la distancia y sobre otro gran tema del momento: Ovidio dice que las aguas que se estancan se pudren. El mensaje que nos está dando es que el cambio es inevitable, en eso consiste vivir. Él lo incorpora con cierta alegría y hedonismo. Los nuevos Ceix y Alcíone son una forma metafórica de hablar de esto: nos transformamos, somos otros. La antigua Alcíone no sobrevive, pero se salva de la oscuridad y despliega las alas, y así es cómo llegan los días alciónicos.

—El miedo al cambio no ha cambiado desde Ovidio. ¿Somos previsibles?

—Estamos obsesionados con la permanencia y, al mismo tiempo, nos sentimos transportados por esta corriente de acontecimientos vertiginosos. En esas contradicciones nadamos siempre. Muchas actitudes expresan ese miedo: «Me quedo como estoy, aunque no sea algo extraordinario». Deseamos continuar en lo conocido. Alcíone le dice a Ceix «no salgas, no viajes, no te vayas». Él asume el coste de salir a la aventura para obtener certezas. Pero, al final las certezas son imposibles.

—¿Cuándo hay que pasar página?

—Con la pandemia percibo una voluntad comprensible de olvidar. Es un muy humano y lógico querer vivir como vivíamos antes, pero también es importante verbalizar lo que vivimos porque, si no, quedan asignaturas pendientes que después afloran. La pandemia ha dejado una epidemia de salud mental cuyas repercusiones aún no sabemos, sobre todo, su impacto en niños y jóvenes. Creo que es importante aprender alguna lección.

—Ovidio le debe una.

—Mi objetivo es que tengamos una visión más cercana y amable de Ovidio, que no nos asuste su obra. De pequeña no sabía lo que era un clásico, solo sabía que esas historias que me contaban mis padres, La Odisea, la Ilíada eran fascinantes. Estas ediciones son importantes porque, quizá leer directamente a Ovidio sea difícil, por los hexámetros o la forma poética en verso.

—¿Marvel también tira de clásicos?

—Las historias de superhéroes que vemos en el cine son recreaciones de los héroes de la antigüedad. Cuando hago sesiones contando cuentos o leyendas en institutos, me doy cuenta de que no producen extrañeza. Los niños los asumen con muchísima naturalidad. Casi todo el cine de Hollywood de aventuras se basa en mitologías comparadas. Los mitos que Ovidio eligió son los que se siguen elaborando. Hay unos arquetipos a los que recurren los guionistas para asegurarse los éxitos. Harry Potter lo escribió una filóloga clásica, tiene muchas referencias a la antigüedad; Tolkien también era un filólogo experto en lenguas antiguas, muchos aspectos de El señor de los anillos están basados en antiguas mitologías y mundos legendarios. En Percy Jackson, directamente, los protagonistas son hijos de los dioses. El corredor del laberinto o Los juegos del hambre tienen mucho que ver con los clásicos. Aunque no lo sepan, los jóvenes ya están dentro de ese universo.

­—¿Un clásico nunca muere?

—Los clásicos son el patrimonio de nuestras historias. En Grecia, en la antigua Roma, se escribía muchísimo. Nos ha llegado un porcentaje minúsculo, la creme de la creme. Estas fábulas han pasado por generaciones, siglos, transformaciones y, aun así, nos hablan de esas emociones esenciales, humanas, que seguimos sintiendo a pesar de todos los cambios tecnológicos y acontecimientos inesperados como la pandemia. Hay un núcleo de emociones que no cambia y que recogen y transmiten de una manera muy poderosa. Para mí es importante que los jóvenes conozcan a los clásicos no solo en clase, rodeados de esa aura de prestigio cultural intachable, sino en la intimidad de casa y de un libro, hablando sobre los temas que nos siguen afectando, el riesgo, la aventura, las separaciones, el futuro, la naturaleza, incluso los naufragios en el Mediterráneo. El tiempo juega en contra. Lo fácil es que se pierdan, que se olviden. El milagro de que algunas historias sigan con nosotros y nos hablen es fascinante. En una época tan polarizada, en la que se destacan tanto las pequeñas diferencias entre nosotros, los clásicos nos dicen: no seremos tan diferentes cuando nos seguimos emocionando con los cuentos que se contaban hace milenios.

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