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PALABRAS EN CASCADA PARA IDEAS DE BABEL || “CONFESIONES DE UNA POETISA DE CINCUENTA” POR RAQUEL MARKUS – FINCKLER

Esta semana cumplí 50 años. No me gusta decirlo, mucho menos publicarlo para que sea leído por personas que conozco y que no conozco, por personas que me conocen y que no me conocen.

En todo caso es necesario que asuma que esta semana cumplí años y, tal vez, publicarlo, en lugar de decirlo, de verbalizarlo… se vuelva un acto menos íntimo, menos personal y confesional.

No es que cumplir 50 años sea un problema en sí mismo. De hecho, el número es hermoso, poderoso, armónico, importante, incluso mágico. Es medio siglo, ¡por favor! Es un hito en la vida de cualquier persona.

Claro que estoy orgullosa de alcanzar las cinco décadas. A pesar de que tiño mis canas. A pesar de que me pongo sofisticadas cremas para prevenir las arrugas. A pesar de que tomo colágeno, vitamina C, complejo B y otros trucos que buscan detener la acción del tiempo en mi cuerpo. Claro que estoy orgullosa de cumplir cinco décadas.

Lo difícil de llegar a esta edad no es el tiempo que pasó. Es el tiempo que queda. A esta edad estoy segura de que son más los años que tengo atrás de mí que los que me quedan por delante. A esta edad me toca comprender que se me está haciendo tarde para empezar, probar, intentar o asumir algunas cosas. El reloj biológico me lo dice, de hecho, me lo grita.

Estos días me he dedicado a hacer listas mentales de las cosas que he logrado, las que estoy logrando y las que me quedan por cumplir. Quiero poner chulitos en todas; pero si me toca ser realista, no podré poner chulitos en todas. Y eso es solo una parte de las razones por las que me cuesta tanto decir que esta semana cumplí 50 años.

Miro hacia atrás y me toca reconocer que mis canas (aunque no se vean) y mis arrugas (aunque yo no las vea) no han sido en vano. No me cambiaría por la niña de 18 años que fui. Tal vez sí me quedaría con sus niveles de energía, la fuerza de sus músculos, su capacidad cardiorrespiratoria, su piel tersa y su cabello abundante y lleno de melanina; pero, hasta allí.

La mujer que soy ahora es mucho más lista, sabia, inteligente, aguda, crítica, madura, equilibrada, serena, ecuánime, justa, balanceada y empoderada que la joven ingenua, necia y neurótica que dejé atrás hace mucho tiempo.

Soy el ave fénix que se reinventó a sí misma a partir de las cenizas que quedaron de esa joven que quedó atrapada en viejos álbumes de fotografías descoloridas. Soy la versión 3.0 de esa niña a la que le sobraba el tiempo y le faltaba la sabiduría. Soy la última actualización de un programa de computación que lleva cinco décadas continuas de desarrollo y perfeccionamiento. Por ese lado agradezco los años, las canas y hasta las arrugas (aunque las mujeres no me crean).

Lo otro que debo reconocerme y reconocerles es que cuando repaso la lista mental que me dediqué a realizar estos días, hay algo que resalta en amarillo fluorescente. Justo en la misma semana en que cumplí 50 años, logré poner un check a una de las cosas más importantes que tenía pendiente, logré saldar una deuda que tenía conmigo misma.

Esta semana logré completar el ítem que decía “publicar un poemario”, y eso es algo que debo agradecer a la vida, al destino, a los míos, a Dios y, por qué no, a mí misma…

No sé si es una mera coincidencia que ambos eventos sucedieran en la misma semana. A mi edad ya sabes que lo que dice la canción de Melendi es verdad, que esa extraña melodía que algunos llaman “destino” es la misma que otros prefieren llamar “casualidad”.

A mi edad logras comprender muy bien las leyes de la física. Sabes que no hay efecto sin causa, que no hay consecuencias sin razones.

Yo he dedicado parte importante de mi vida a sembrar poesías. Entonces, es perfectamente lógico que, ahora que cumplo 50 años, pueda celebrar esta emblemática fecha con mi primer poemario publicado “en las manos”.

Digo “en las manos” así, con comillas, de manera simbólica, pues todavía no está impreso. Pero existe, está editado, diseñado, maquetado, revisado, y un largo etcétera que me permite afirmar que logré publicar mi primer poemario.

Se llama “Escribir para existir”, contiene 32 poemas realizados por mí en “tiempos de pandemia” y 12 ilustraciones elaboradas por mi talentosa hija Samantha Finckler. Es una obra de la editorial J. Bernavil y cuenta con el aval y el auspicio de la ONG Espacio Anna Frank. Tiene un increíble prólogo escrito por el reconocido dramaturgo Javier Vidal y una presentación a cargo de la pluma de Ruth Capriles.

La presentación virtual de este poemario se realizará el miércoles 20 de abril, a las 6 pm, (hora Venezuela) por medio de las cuentas de Instagram de @editorialjbernavil y @escritora.creativa (mi cuenta profesional), y están cordialmente invitados a acompañarme en este Instagram Live en el que celebraré haber alcanzado uno de los mayores sueños de mi vida.

Hasta ese momento, espero haber terminado de asimilar completamente lo que me dice mi esposo cada vez que le confieso lo mucho que me cuesta asimilar que esta semana cumplí 50 años, él siempre me dice: “la edad que cuenta no es la de la cédula, la edad que cuenta es la de la célula”, y en ese sentido, el tiempo parece haber pasado a mi favor.

En todo caso, a partir de esta semana prometo hacerle caso al consejo de Ricardo Arjona y ya no le quitaré años a mi vida, pues lo inteligente en este caso es ponerle vida a los años.  Brindo por mis cincuenta y por seguir cumpliendo años hasta perder la cuenta. Le Jaim. ¡Nos vemos el 20 de abril!

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